
A cien días de haber asumido su segundo período presidencial, Cristina Fernández ha hecho decisivos avances en la construcción de una corriente de pensamiento propia, que comienza a diferenciarse de lo que fue hasta ahora el kirchnerismo clásico. Son varios los hechos que ofrecen pistas claras sobre la dirección que se sigue, al tiempo que cada uno de ellos va profundizando el rumbo.
De la última semana pueden citarse al menos dos, muy significativos. Uno es la decisión de alejar de la alianza de poder a la estructura dirigencial del movimiento obrero y del peronismo tradicional, a favor de una casi exclusiva cercanía con los jóvenes de la agrupación La Cámpora. El otro es la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. Esos dos hechos van en sentido contrario a lo que imaginó Néstor Kirchner para edificar su obra política. Puede hablarse entonces de cristinismo puro.
Las diferencias
Los peronistas históricos guardan silencio en público pero muchos de ellos, intendentes, legisladores, ministros o simples dirigentes territoriales, admiten que el Gobierno nacional y el relato que lo acompaña sólo están camuflados de peronismo. “Nosotros aportamos los votos, pero ahora no nos dan ni la hora. Néstor por lo menos hablaba con nosotros y nos solucionaba los problemas. Actualmente no existimos”. El que se queja es el jefe de una organización peronista de base que todavía recibe una cada vez más chica cantidad de planes de ayuda social.
En cambio, quien fuera un aliado fundamental del kirchnerismo en nombre de los trabajadores, el líder de la poderosa CGT, Hugo Moyano, habló otra vez a cara descubierta y no se privó de mostrar su decepción con las actitudes de Cristina. Dijo que en el Gobierno hubo un cambio, que la Presidenta decidió “tomar distancia de los trabajadores" y que “si esto se sigue profundizando va a haber conflictividad social”. Moyano estuvo el jueves en un programa televisivo de TN, canal al que el oficialismo considera “el enemigo”.
Desde dos días antes, los colaboradores del líder cegetista le hicieron saber a los pocos contactos que les quedan en la Casa Rosada que si la Presidenta fijaba una fecha para recibir al Consejo Directivo de la central obrera, Moyano no iría a la TV. La respuesta fue “que haga lo que quiera”. Toda una definición acerca de la voluntad de Cristina de reanudar el vínculo con el camionero, tal como lo hacía su esposo muerto.
De no ser por la férrea exigencia de obediencia debida que se expresa en el bloque de diputados oficialistas, la derogación de dos artículos en la Carta Orgánica del Banco Central hubiese encontrado disidencias dentro de esa bancada. Esos artículos, que se referían a la disponibilidad de las reservas, habían sido especialmente introducidos por el ex presidente Kirchner como garantía de un manejo responsable de las cuentas públicas.
Los legisladores del oficialismo fueron inducidos a aprobar los cambios con dos argumentos irrebatibles: cada vez hay menos plata para financiar la política, y si no se dispone de las reservas, los estados provinciales no podrán ser auxiliados por la Nación. Nadie votó en contra ni planteó objeciones. Ni siquiera por haber contradicho la palabra de la titular del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, que en plenario de comisiones había asegurado que la institución no engrosaría los préstamos al Tesoro, lo que finalmente se hizo.
Lo mismo ocurrirá la semana próxima cuando los senadores conviertan la reforma en ley. Estas normas y la manera en que se las impone, revelan un nerviosismo inocultable. Es el que deviene del achicamiento de la caja y de la necesidad de implementar un ajuste severo que no se limitará, por cierto, a los gastos del Estado. La reducción de subsidios, el aumento de tarifas de los servicios públicos y fundamentalmente la inflación, pegarán de lleno en las economías familiares. Para los gobiernos, cualquiera sea su signo, eso siempre se ha traducido en una pérdida de adhesión popular. ¿Será diferente esta vez?
Tapar todo
El Gobierno ensaya recetas conocidas para disimular los aspectos más negativos de la realidad y atenuar los costos políticos que debe pagar por sus errores y contradicciones, que no dejan de sucederse. Desde el escándalo Schoklender hasta la tragedia ferroviaria del barrio de Once, pasando por las sospechas de corrupción que llueven sobre el vicepresidente Amado Boudou y varios episodios más.
La propia Presidenta ha vuelto a enfocar a la prensa y a los periodistas no adictos como los causantes de todos los males. Reaviva así el carácter épico de su acción de gobierno, lo que entusiasma a la militancia. Pero es un recurso ya utilizado y cada vez menos efectivo para distorsionar la realidad. La verdadera epopeya que puede protagonizar un movimiento político no es la descalificación ni la guerra contra sus críticos, sino una lucha franca y decidida contra la pobreza, la injusticia y el atraso.

