
Tarde o temprano Cristina Fernández se iba a enfrentar con alguien tan duro como ella, capaz de apostar también al todo o nada y obligarla a tomar su propia medicina. Luego de una ilimitada concentración de poder, facilitada generosamente por Néstor Kirchner para asegurarse una alianza imprescindible con el sindicalismo peronista, el camionero Hugo Moyano decidió ocupar todo el protagonismo político y desafiar al Gobierno que defendió con dichos y hechos hasta hace pocos meses.
“Lo hizo a destiempo, porque la peor situación para los trabajadores la viviremos en el último tramo del año, cuando los aumentos de las paritarias hayan sido consumidos por la inflación”, analizan quienes ven a la economía como componente ineludible del conflicto. Pero Moyano tiene otras urgencias.
Necesita, por ejemplo, contrarrestar el recorte de su poder sindical que vienen haciéndole sentir los operadores del Gobierno ante la proximidad del Congreso de la CGT del 12 de julio y en el que el camionero pretende ser reelecto para un tercer mandato al frente de la central obrera. También tiene otras varias cuestiones pendientes que van desde causas judiciales hasta rencores personales y que, a modo de fichas de ruleta, decidió poner en el mismo casillero. Tal vez Moyano imagina, erróneamente, que si gana la pulseada quedará exento de rendir cuentas.
Lo que sabe
Quizás por aquellas razones, el jefe sindical escaló verbalmente la confrontación hasta niveles de donde no se vuelve con facilidad. Le dijo públicamente a la Presidenta lo que ni siquiera la oposición se atrevió nunca a decirle. Puso en ridículo a ministros y funcionarios menores –al vicegobernador bonaerense Gabriel Mariotto lo llamó Piñón Fijo, nombre del famoso payaso-, y reveló sólo unas pocas de las intimidades que compartió con la cúpula del poder en épocas de convivencia. Una de ellas fue para su ex contacto oficial Julio De Vido: “¿saben cuántas veces me dijo si vos te vas yo también me voy a la mierda?”
Cerca de Moyano, sus amigos son explícitos y amenazan: “llegado el momento, Hugo va a contar cosas muy fuertes y comprometedoras de Cristina”. Nadie mejor que la propia Presidenta para saber hasta dónde pueden afectarla esas revelaciones, pero por las dudas y por órdenes suyas, en la Casa Rosada trabajan para acumular argumentos y atacar al jefe gremial en todos los frentes con todo el poder del Estado. Sueñan, de manera obsesiva, con verlo preso.
El levantamiento del paro que impedía el abastecimiento de combustibles fue una buena noticia para el Gobierno, que lo supo mucho antes de que el propio Moyano lo anunciara por televisión el jueves a la tarde. Aunque ninguna de las partes lo admite oficialmente, hay más de un contacto entre ellas y los mensajes que se envían llegan a destino.
Bajo el estricto compromiso de no revelar su nombre, uno de esos jerarquizados mensajeros le confió a este periodista que luego de la convocatoria de Moyano a la movilización del miércoles a la Plaza de Mayo para reclamar por el aumento del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias, tanto el Gobierno como el camionero comparten una misma preocupación: que el conflicto no derive en actos de violencia callejera. “Sería gravísimo para todos y nadie quiere pagar ese costo”, sostiene la fuente, y afirma que se intentará negociar un mínimo acuerdo al respecto.
Sin compañía
“Mejor no preguntarse por el humor que por estos días tiene Cristina”, señalan en un despacho de la Casa Rosada. No es para menos. En su ausencia y en las horas más calientes del conflicto con Camioneros, quienes oficiaron ante la opinión pública como voceros del Gobierno no mostraron la más mínima autoridad para controlar la situación ni supieron llevar algo de tranquilidad a la población que contemplaba azorada –y otra vez como rehén- una disputa por intereses que les son ajenos. Es más, quizás sin dimensionar la gravedad de lo que estaba ocurriendo, algunos funcionarios y medios oficialistas aprovecharon la ocasión para hacer política chica y responsabilizar al gobernador bonaerense Daniel Scioli que estaba de viaje.
La denuncia penal contra Moyano y la aplicación de la Ley de Abastecimiento tienen destino de extinguirse por transformarse en abstractas. Toda la expectativa está puesta ahora en lo que suceda el miércoles próximo. El reclamo del jefe gremial por el impuesto a los salarios es atendible y compartido por otros sectores. Pero no parece que más allá de sus seguidores haya quienes depositen alguna esperanza política en el camionero. Moyano es quien siempre fue, sólo que ahora volvió a demostrarlo.

