Vive en Buenos Aires desde los 20 años y vuelve a Rosario todos los meses. Se consagró en películas emblemáticas. Almodóvar fue quien le abrió la puerta en Europa. Hoy disfruta haciendo teatro junto a sus amigos y asegura que solo aspira a vivir de su oficio. ViaRosario, en diálogo con uno de los grandes actores de nuestro país.
Estamos en el corazón de la avenida Corrientes, en el teatro Metropolitan, sentados con Darío Grandinetti en las butacas donde, minutos más tarde, se acomodará el público que lo verá actuar en Mineros, la obra que protagoniza junto a Hugo Arana, Juan Leyrado y Jorge Marrale. No es la primera vez que trabajan juntos, ya lo habían hecho en Los mosqueteros del rey, y en Baraka. Permanecer unidos como grupo – aclara Darío – fue algo que surgió espontáneamente. “Nos llevamos bien sin tener que recurrir a un reglamente interno, ni nada de eso. Lo digo, porque a la gente le resulta extraño, cuanto menos, que estemos desde hace tanto tiempo”. Agrega que los une el respeto por la tarea y por el teatro, y que también integran el grupo Javier Daulte, director, y el productor Pablo Kompel.
Estarán en cartel hasta el 16 de septiembre y, a diferencia de otros años, esta vez no recorrerán las provincias. “Mineros es una obra muy difícil de sacar de gira”, comenta Darío. “Es muy grande la escenografía, tanto, que se necesitan tres días para armarla”. Se requiere, además, un escenario bien alto, y si bien en Rosario hay salas con esta característica, tal condición no se encuentra en muchos otros teatros de Argentina. Darío lo lamenta:
— Es algo que nos pesa, porque nos gusta salir de gira. Con todas las obras hemos salido. Es una deuda que tendremos, esta vez.
— Cuando has ido a presentar otras obras a Rosario, ¿cómo percibís el contacto con el público local?
— Nunca me lo tomo como algo personal. Me ha tocado ir y que nos vaya muy bien, y otras veces no tan bien. Me siento a gusto en Rosario, y no tiene que ver solo conmigo. Fundamentalmente tiene que ver con lo que recibo, más allá de que vaya, o no, a hacer teatro.
— ¿Volvés con frecuencia?
— Vuelvo mucho. Una vez al mes, seguro. Tengo a mi madre y mi familia. Y tengo amigos.
— ¿Qué circuito recorrés? ¿Te atrapa la noche, o ya no?
— No tanto, no tanto (Risas). De vez en cuando, el Nene Molina me saca… Si no, ya estaría muy tranquilo… Pero vamos a comer, salimos. Voy mucho al Cairo, y a otros lugares.
En este último tiempo, otro de sus motivos para regresar a Rosario fue su participación en El hechicero, la miniserie del mencionado cineasta. Profundo conocedor del panorama local, Darío opina:
— Se está haciendo mucho en Rosario. De todas maneras, con menor cantidad y con menor asiduidad, el Nene (Héctor Molina) y Gustavo Postiglione siempre estuvieron haciendo cosas, no se quejaron. Decidieron hacer, en vez de reclamar. Y ahí hay una gran historia, que la han construido ellos. Y también los compañeros con los que trabajan desde hace tanto tiempo.
— ¿Qué factores hacen que Rosario sea tan especial en cuanto a lo artístico?
— Evidentemente es un lugar donde lo cultural está muy metido y con necesidad de salir. Hay un gran interés de expresión en la ciudadanía. Siempre pido que el rosarino sepa que – para mantener eso y alimentarlo – hay que ir a ver a los elencos y a los músicos locales. Es la manera segura que tenemos los rosarinos de poder seguir jactándonos de ser una sociedad tan relacionada con lo artístico. Hay mucho artista en Rosario. Trascienden los que vienen a Buenos Aires. Pero hay músicos extraordinarios y actores y cineastas que han decidido quedarse, y hay que verlos allí, en Rosario.
— Justamente el comentario de los actores y directores de teatro es que éste es un momento muy crítico, en relación a que cuesta acercar público a las salas…
— No sé si es el peor momento. Lo que sí puedo decir, con total conocimiento, es que siempre fue así. Siempre tuvimos problemas. Cuando empecé a hacer teatro en Rosario los actores nos quejábamos porque la gente prefería ir a ver los espectáculos de revista. Es complicado. Cuando salíamos de gira con Los Mosqueteros, los grupos locales de cada lugar al que íbamos nos pedían charlar. Llegaban a nuestro encuentro por separado, y por separado se sentaban. Y todos nos hablaban de lo mismo: a ellos, el público, nunca iba a verlos. Yo, con mi experiencia rosarina, les preguntaba: “Pero cuando ellos estrenan, ¿ustedes los van a ver?” “No…” “¿Y ustedes a ellos? “No…” Bueno, entonces empecemos por ahí…
— ¿Tu venida a Buenos Aires fue para poder trabajar de lo tuyo?
— Sí. Creo que ahora es más fácil poder hacerlo. Tal vez me digan, “¡Sí, claro, vos porque ya estás allá!”. Cuando empecé a hacer teatro en Rosario, en el año `76, no había ninguna chance de quedarse. Trabajaba como empleado en la Junta Nacional de Granos. Mi familia me bancó cuando decidí mudarme.
— ¿Cómo fueron esos primeros tiempos?
— Difíciles. Estaba por cumplir 20 años… Hubo que remarla. Además, había vivido en Las Rosas, y en muchos aspectos sentí el cambio de una manera mayor. Se me había metido una forma de vida más de pueblo. Pero como tenía muchas ganas, lo pude sobrellevar.
— ¿Tu ida a España también fue una decisión propia?
— Mi ida a España tuvo que ver con que me llamaron para trabajar. Nunca fue algo que yo me hubiera planteado. Siempre fui y vine. Tenía muchas ofertas de trabajo, durante siete años estuve haciendo cine y nada más. Se dio así. Si no iba, era decirle que no a una cosa muy atractiva de crecimiento, de actuar con compañeros muy talentosos.
— Terminaste trabajando con Pedro Almodóvar…
— ¡Empecé trabajando con él! El inicio fue ese. Había ido a filmar El Lado Oscuro del Corazón II, y tenía arreglado hacer otra película, pero Almodóvar se enteró de que yo estaba en España y quiso conocerme personalmente. El Lado Oscuro del corazón había funcionado muy bien allá, por eso la segunda parte se hizo en Barcelona. De hecho, él se acercó por esa película. A partir de ahí, Almodóvar fue como un “abracadabra”. Me siguieron llamando de Italia, de Francia, y de otros lugares.
— Televisión, teatro, cine, has pasado por todos los ámbitos ¿Con cuál te quedás?
— Me gusta mucho el teatro y el cine. La televisión como medio me parece fantástica y haber trabajado con Alejandro Doria, David Stivel, Sergio Renán, Diana Álvarez, estuvo muy bueno. Pero la televisión se ocupa de otras cosas. Hubo algunos unitarios, recientes, en los que me hubiese gustado estar. No es lo que me ocurre en general: los cortos tiempos que la televisión maneja son, a mi juicio, perjudiciales para la producción. Aspiro a que así como, en el último tiempo, lo hizo Javier Daulte, se sigan acercando a la televisión autores que escriban historias, sin estar tan pendientes de lo que supuestamente el público quiere.
— Actuaste en películas que permanecen en el corazón del público argentino, ¿cuál es la que más te marcó a vos?
— Tengo una preferencia por Darse Cuenta, que fue la primera película que hice, y por El Lado Oscuro del Corazón. Y después hice otras películas de las que estoy orgulloso y que me gustaron mucho, que no funcionaron, y que no están en el corazón de nadie pero sí en el mío, como El Juego de Arcibel, por ejemplo. El cine me ha posibilitado conocer gente, vivir experiencias impensadas, haber estado dos meses filmando en Cuba, haber ido a filmar a Bolivia, a Brasil. Lo digo más allá de haber filmado en Europa. Hablo de estas cosas más raras.
— Los mejores directores de la Argentina te han convocado, y estás en películas que ya son míticas: Esperando la carroza, El lado oscuro del corazón… ¿Qué sentís al respecto?
— Nunca me lo hubiera imaginado. Sigo teniendo la misma aspiración, que es vivir de mi oficio. Después entran los detalles, que no son menores: de qué manera elegir, por ejemplo. Pero lo puedo hacer, en tanto y en cuanto estoy pudiendo vivir de mi oficio. Los actores, en general, hacemos lo que podemos. A veces no es lo que nos gusta. Yo tengo tres hijos, tengo familia numerosa, ¡debería cobrar algún plan, o tendrían que pagarme más! (Risas). He podido criarlos con este oficio. Con ningún otro. No sé hacer otra cosa. Yo soy un inútil.
— ¡Sos un actorazo!
— No, soy sólo un actor que hace su trabajo. Pero fuera de eso, no sé hacer nada.
— ¿Creés que nuestra sociedad cuida a sus actores?
— Este es un país, en ese sentido, privilegiado. Lo que ocurre con el teatro en la Argentina pasa en pocos países del mundo. Argentina tiene movimiento teatral en casi todo su territorio. En Mendoza existe una carrera de actuación, en Córdoba hay un movimiento cultural enorme. También en Salta, Jujuy, en la provincia de Buenos Aires. Rafaela tiene una tradición teatral importantísima, con festivales de teatro. Y en el teatro porteño existe el under, que es el equivalente al potrero que forma jugadores de fútbol. Allí se forman no solo teatristas, sino público. Nos podemos encontrar con un chico de 20 años que ya haya visto 5 o 6 obras.
La relación de Darío con el cine es inagotable. Termina de filmar Cita a Ciegas, con Federico Luppi y Carolina Peleritti. Se trata de una co-producción con España, originada en la pieza teatral de Mario Diament. Hacia fin de año se estrenará Matrimonio, la película que protagonizó junto a Cecilia Roth. Y el año que viene actuará en un film basado en la novela Tuya, de Claudia Piñeiro.
— Trabajo tengo mucho. Demasiado. No me gusta laburar tanto. Yo soy vago. Tengo poco tiempo para ir a Rosario.
— Pero, ¿a qué le llamás vago? Se trata de tener tiempo para disfrutar, leer un libro, estar con los afectos, ¿no?...
— Sí, claro. Tener tiempo para mí. Es una vagancia, un ocio necesario. Uno es el actor que es, por ser la persona que es. Si yo fuera un tipo que hiciera 8 cosas por día no funcionaría. Necesito mis tiempos.
— ¿Cuál recuerdo de Rosario te acompaña siempre?
— La imagen que se me viene es el río. Tengo el olor al río metido de una manera inviolable. Y el recuerdo de ese olor me aparece en los momentos más inesperados. Ahora me gusta ir y sentarme a mirarlo. También disfruto caminar por Rosario, y estar en algún bar viendo a la gente pasar a través de la ventana.
— ¿Y en Buenos Aires por dónde te gusta andar?
— En Capital estoy poco. Voy a Palermo. Suelo ir chusmear al Mercado de Pulgas porque me gustan las antigüedades. San Telmo me gustó siempre. Pero mi lugar es Martínez. Vivo allí hace casi 20 años. Allí también tengo el río.
— Por último: sabemos que sos canalla, ¿por qué te fuiste a presentar a las inferiores de Newell's?
— Yo jugaba en las inferiores del glorioso Club Atlético Williams Kemmis, de Las Rosas. Cuando tenía 17 años, unos amigos de Las Parejas que jugaban en Newell's me dijeron que fuera a la prueba. Fui y quedé. Estuve un mes. Y no fui más. Creo que quise probarme a mí mismo que era capaz, que podía. Pero a la vez descubrí que el teatro me resultaba más cómodo. Insisto, yo soy vago. Ya fumaba, salía, me acostaba tarde. Todo eso al teatro no le molestaba, al fútbol sí.
{youtube}TFJyES_1VZI{/youtube}

