Sábado - 25 Mayo 2013
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Eduardo Sguiglia: “Me cuesta definirme, todavía, como escritor”

 Sus libros cosechan premios internacionales. Uno de ellos, Fordlandia, fue seleccionado como una de las cuatro mejores obras de ficción del año 2000 por The Washington Post. Economista y master en Ciencias Sociales, ha sido, además, nuestro primer embajador argentino en Angola. 

 Con los años, su nombre se fue haciendo conocido en el ámbito literario. Tanto, que a Eduardo Sguiglia lo llamaron para integrar el  jurado de narrativa de galardones prestigiosos, como Casa de las Américas. Este escritor rosarino lo negará, humilde y cortésmente, pero los datos son contundentes: por más que se declare apenas incursionando en el oficio, lo cierto es que sus cuatro novelas han sido traducidas a varios idiomas, fue finalista de concursos y ha escrito numerosos ensayos. Los elogios que le llegan desde la crítica especializada lo conmueven:

 

— Uno piensa que lo que uno produce llega a los amigos y que ellos, a su vez, son muy generosos con uno y tienen palabras de aliento que hay que poner en contexto. Para mí no deja de ser un gran asombro que gente muy lejana, incluso para nuestra cultura, hayan tenido la postura de promover una obra mía. Me parece una cosa increíble, sorpresiva, estoy terriblemente agradecido.

 

— ¿Te llamas a vos mismo escritor?

 

— No. Para mí, la escritura es un oficio. Es algo que ejerce una atracción muy poderosa en mí. Pero me cuesta definirme todavía como escritor… Me gustaría serlo, algún día. 

 

 Eduardo salió de Rosario, de manera clandestina, en el año ‘76, a los 24 años. “Me sorprende a mí mismo, cuando veo un muchachito de esa edad”, reflexiona sobre el contexto de su propia juventud, y avanza en sus recuerdos citando los pasos que siguieron a su exilio. Vivió unos meses en Buenos Aires, después fue a Brasil y de ahí a Perú, donde pasó seis meses hasta que pudo ahorrar dinero suficiente para seguir a México. “Tengo recuerdos maravillosos de algunos peruanos, que siguen siendo grandes amigos míos. Contribuyeron a que tipos como yo pudieran encontrar el rumbo en aquellas circunstancias”. En México vivió cinco años, y regresó cuando recién terminaba la guerra de Malvinas, influido por las crónicas periodísticas del corresponsal extranjero Flavio Tabares, que Eduardo leía en el diario mexicano El Excelsior:

 

—  Leyendo aquellas crónicas tenía la impresión que Argentina estaba al borde de una revolución social. Para mí eso fue irresistible. Aún con la dictadura me decidí a volver. Fue algo inolvidable. Por un lado, ver el derrumbe de ese gobierno tan horrendo que había sido la dictadura militar, y por el otro, participar de lo que fueron las movilizaciones por la democracia.

 

— ¿Por qué te tuviste que ir de Rosario?

 

— Me considero un integrante de lo que se llama la generación de los ‘70. Participé activamente en el movimiento estudiantil, apenas ingresado en la universidad. Luego participé políticamente en agrupaciones que pretendían un cambio social, vinculado a algunos modelos que podemos denominar, ahora, la insurgencia. Todos esos años los viví muy intensamente. Creo que la hipótesis que tenía la inteligencia militar, cuando me van a buscar a mi domicilio, era que yo era un miembro destacado de la guerrilla. Pero yo estaba en las actividades políticas. 

 

 De esos años comparte un momento trágico que le tocó vivir, que le sirve para honrar a un gran amigo, Osvaldo Matoski

 

— Dejame contar una anécdota, que además es un homenaje a un extraordinario amigo y compañero mío de entonces, y que pondera la amistad en su máxima expresión: hoy estoy acá, pudiendo dar este reportaje, gracias a él.  A principios de agosto del ‘76 a este amigo lo fueron a buscar a la casa. Él tenía un bebé muy chiquito –que ahora es un hombre – y le pide a los secuestradores un minuto para despedirse de él. Cuando se agacha, le dice a la mujer, que estaba en el piso cuerpo a tierra con el bebé, que me avise a mí. Se lo llevan a mi amigo, su mujer sale, busca un teléfono público y llama a un número en donde yo estaba de casualidad. Por lo tanto, tuve una hora de tiempo para salir de allí, cuando venían por mí. Una persona, en un momento tan extremo, tan terrible de su vida, recuerda que puede salvar a otro amigo.  Hay que tener temple y un enorme sentido de la amistad. Ese amigo mío está desaparecido.

 

—  Cuando hoy volvés a Rosario, ¿contrasta mucho con la ciudad de tu niñez y adolescencia?

 

— Sí. La Rosario en la cual yo crecí tenía un cordón industrial importante. Recuerdo la Avenida Ovidio Lagos, con sus fábricas, una pegada a la otra. La costanera era mucho menos bonita… Una ciudad donde era menos notable la pobreza y la riqueza. Es decir, no había tantos bolsones de marginalidad. Esto me llama poderosamente la atención, desde hace unos cuantos años. Si bien siempre existió la famosa villa Manuelita, y otras más, en los últimos años, lamentablemente se han extendido, y otros lugares se han tornado mucho más bellos.

 

— ¿A qué creés que obedece ese gran déficit?

 

— No sé si en particular obedece a un fenómeno local, o a un fenómeno que tiene que ver con una lógica nacional, habida cuenta de las crisis que han pasado en la Argentina y que todavía no se superan. Ninguno de los gobiernos, desde el regreso de la democracia hasta ahora, ha podido terminar con estas desigualdades. Es una tarea pendiente.

 

 Eduardo estuvo en Angola desde el 2005 hasta el 2008. En el proceso de abrir la embajada se pasó cuatro meses viviendo en un hotel. Dos de sus hijos cursaban la secundaria en Buenos Aires, por lo tanto no era factible que su familia lo acompañara. Pero él aceptó con gusto el desafío, apoyando de manera rotunda el proyecto. Al igual que hoy, tras el viaje de la presidenta Cristina Kirchner a dicho país, considera que se han revitalizado, desde el punto de vista político, “las bondades del diálogo sur-sur, así como se amplían las posibilidades de nuestro comercio exterior”.

 

— ¿Cómo llegas a ser el primer embajador en Angola?

 

—  Yo era el Sub Secretario de Política Latinoamericana de la Cancillería. Tanto el canciller como el presidente Néstor Kirchner tenían la idea de que fuera embajador. Se mencionaban dos o tres posibilidades, pero no me provocaran gran entusiasmo. Hasta que surgió la necesidad de abrir una embajada en Angola. Una decisión totalmente correcta. La política exterior de la Argentina históricamente ha ignorado el África Subsahariana, y además como país habíamos perdido la costumbre de abrir nuevas embajadas.

 

—  ¿Cómo te resultó esa experiencia?

 

— Todo el proceso de apertura de la embajada me pareció un desafío maravilloso, la experiencia fue inolvidable. Dentro de mis modestas posibilidades, tuve que introducir a la Argentina en el imaginario de los angoleños. Llevamos películas tituladas en portugués, hicimos charlas, tuvimos programas en las radios. Nos tratamos de esforzar.

 

— ¿Cuál es la importancia de estrechar relaciones con Angola?

 

— Hay varias razones: desde el punto de vista político, es muy importante que Argentina sostenga buenas relaciones con la mayor cantidad de países en un mundo tal globalizado. Es un camino virtuoso que ya han recorrido otros países, como Brasil y Cuba. Desde el punto de vista económico, Angola representa una buena cantidad de miles de potenciales consumidores, en economías que son totalmente complementarias a la nuestra. Por lo tanto, espero que Argentina siga en este sendero de mantener y estrechar relaciones con la mayor cantidad de países de África. Es generar externalidades que nos van a venir muy bien desde el punto de vista político, económico y comercial.

 

—  Tendrás numerosas vivencias de esos años, en un lugar tan distinto al nuestro…

 

— Lo que más impresiona a un hombre blanco, creo yo, es lo que los viejos poetas denominan “la negritud”. En una población de diecisiete millones de habitantes, los blancos no pasábamos de ser mil personas. Es muy singular experimentar cómo todos los gestos tuyos, por más insignificantes que sean, te los están observando y cuestionándolos.

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