
Actor, escenógrafo, creador del entrañable payaso que acompañó a generaciones de chicos. Este año repondrá Zaratustra, obra para adultos escrita, dirigida y protagonizada por él. En diálogo con ViaRosario, un repaso de su carrera y de sus 40 años al frente del teatro Caras y Caretas.
En 1973, Héctor Ansaldi era un estudiante de arquitectura cuando su amigo, Mirko Buchín, le pidió conseguir un espacio gratuito para hacer un sainete concert durante ese verano. Mirko dirigía el Teatro Universitario, y Héctor – sabiendo que la propuesta era una innovación– se puso en campaña para encontrar el lugar. El socio de su papá le avisó de una casa abandonada en calle Corrientes 1518. Héctor recuerda:
- Se abrió ese verano. Y nos fuimos quedando como una especie de “ocupas”. Yo estaba metido desde los 14 años en teatro, muy abocado, como ahora. Me dejé abducir porque el teatro abarca todas las artes.
Sin proponérselo, creyendo que dejarían el espacio tras un par de temporadas, Héctor, Mirko y su gente fueron gestando un lugar mítico en Rosario. Mantenerlo abierto, en funcionamiento, siempre les resultó arduo, no solo porque ser independiente, sino porque las desventuras del país jugaban en contra.
- Cuando vino el Proceso, se desbandó. Se vivió acá adentro lo que pasaba afuera, pero más condensado y potente. Hubo espías, infiltrados. Gente que desaparecía. No nos dejaban realizar tal obra. Nos amenazaban”¦ Otra época brava fue después de Cromagnon, con todas esas ordenanzas que había que cumplimentar. No teníamos la plata para hacerlo. Tuvimos que cerrar al público 4 años. Solo seguimos dando clases y ensayando. Soy como el sostén, desde aquella época. Los demás van pasando pero yo voy quedando.
- ¿Y por qué vas quedando?
- Cuando me quisieron comprar el teatro, como terreno, dije que sí, pero no pude. Hice tantas obras de Piripincho acá, con el mensaje de que hay cosas que solo son del corazón. Llegó el momento de hacer la transacción, y fue imposible. Esto tiene mucha magia, de cosas que pasaron, que no se compra ni se vende.
- Claro. Era vender parte de tu historia”¦
- No solo la mía, de mucha gente. Esto no es nada más una sala de teatro. Acá se gestaron muchos proyectos. Es un útero teatral, como dice mi hijo. Salió gente que hoy está por otros lados.
- Mencionaste a Piripincho ¿Cómo nació el personaje?
- A partir de Pepona Popina, un programa anterior en Canal 9. Mi personaje era Pelopincho, un payaso muy tierno, muy lírico, novio de la Pepona. Como iba a aparecer después, el director Carlos Serrano me dijo que, mientras tanto, hiciera otra cosa para poder cobrar. Me puse lo que encontré, unos dientes de una obra que había hecho para adultos, una peluca parecida a mi pelo. Serrano le escribió letra. Y así fue quedando. Cuando terminó Pepona el personaje había cobrado protagonismo. De nombre le iba a poner Pirincho. Fue Julio Ortiz, el autor de la música, quien me dijo “ponele Piripincho, que es más sonoro musicalmente”. Y ahí quedó el nombre.
- ¿Fuiste mutando el disfraz o siempre se mantuvo igual?
- Fue mutando, y el personaje también. Tuve un juicio con Serrano, porque decía que el personaje era suyo. Tuve que defender que Pelopincho y Piripincho eran míos. La letra era de Serrano. Ante el juez hice hablar a los dos personajes, para que él viera que eran diferentes. Fue muy cómico. Una vez hasta tuve que ir con el disfraz puesto. (Risas)
- Ah, pero más bien tragicómico.
- Tragicómico. Para mí fue muy horrible. Era como estar peleando por un hijo. La abogada que conseguí, por suerte, era una fanática de Piripincho. Buscó jurisprudencia en ese asunto. Y vio que Minguito Tinguitella tenía un juicio parecido. Son personajes que la gente identifica con el actor, no lo pueden separar.
- ¿Ganaste ese juicio?
- Lo gané. Pero no gané nada. Perdí tiempo y plata. Hubo trabas en los medios de acá. Empecé a sentir que me cerraban las puertas. Tuve que ir por todos lados diciendo que el personaje era mío.
- Las frases tan lindas de Piripincho, su manera de adjetivar, ¿cómo lo lograbas? ¿Te siguen saliendo palabritas nuevas?
- Para promover las temporadas hacía apariciones en las calles, eso me dio mucho contacto con los chicos. La mayoría son frases que dicen ellos, y las fui incorporando naturalmente. Salame de Milán me lo decía mi abuelo.
Lo que Héctor más quiere, asegura, es volver con el payaso a televisión. Lo haría hasta gratis. El público, desde Facebook, le pregunta cuándo podría ser. Algunos contratiempos lo cansaron (“me hinché de hacer todo yo”), y asumir las cuestiones técnicas le resultó demasiado arduo (“He llegado a escribir, poner las luces, filmarlo acá adentro.”)
- Mientras tanto, aparte de este personaje tan entrañable, hacías obras para adultos”¦
- Siempre. Pero en mi teatro le di preponderancia a lo infantil, incluso desde los decorados. En cualquier ciudad adonde me presentaba, primero estaba lo de los adultos”¦ No nos daban camarines, ni espacio en las carteleras. Como si lo infantil fuera peyorativo, o un género menor. En nuestra sala lo demás se adaptaba a Piripincho. Y después eso nos jugó en contra. Se llenaba en las funciones a la tarde, y a la noche teníamos poca gente.
- Pero ahora el teatro tiene otra estética.
- Con esta nueva apertura tratamos de que no fuera así. Es bastante Café Concert. Piripincho, solo en vacaciones. Ahora hacemos, un miércoles por mes, las peñas jocosas. Se llama “Cómicos de miércoles”. Se generó un movimiento de gente que hace humor. El teatro se recontra abrió otra vez hace tres años. Recibí subsidios, pero sobre todo colaboraron los actores. Las peñas jocosas eran para recaudar.
- Contanos de la obra Zaratustra, que pronto volverás a presentar.
- La puesta en escena incluye una gran comilona. Una bacanal. Damos de comer al público en una gran mesa. En un momento baja Zaratustra a interactuar con la gente. Es un personaje de Nietzsche, ¡que tiene algo de Piripincho! Es una especie de Piripincho viejo. Incluso, la palabra mágica de Piripincho era Zaratustra.
- Tu payaso siempre está presente”¦
- Piripincho tiene todas mis facetas. Cualquier otro personaje que haga, va a tener algo de Piripincho también
- Héctor, ¿por qué elegís vivir en Rosario?
- No la elijo. La verdad, no quisiera vivir en Rosario. Nací en Venado Tuerto. No me siento muy identificado con Rosario, salvo por lo artístico y por Piripincho. Pero lo artístico siempre me atrajo hacia acá.
- ¿Qué es lo que no te identifica con la ciudad?
- Es una cuestión geográfica. No soy litoraleño. No me gusta el río. Me atrae la montaña. Vivimos un tiempo en Italia y al volver quería irme a Córdoba. Pero caí acá otra vez. Dicen que Rosario se formó por un pantano: las carretas que iban hacia otro lado, se quedaron metidas. Yo siento que me pasa eso. Voy quedando acá. Quiero salir, pero algo me atrae.
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