Lunes - 20 Mayo 2013
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Julio Chávez: “No hay nada más teatral que la vida misma”

 

Junto con Ricardo Darín es uno de los más talentosos y versátiles actores de la Argentina de las últimas décadas. Un tipo reservado, de carácter  grave, que sólo se siente cómodo cuando la charla ronda  la pasión a la que consagra su vida: develar los misterios de la actuación.

 

 

 Julio Chávez se baja del escenario y se acerca entre las butacas vacías. En el silencio inmóvil que habita el teatro, sus pasos se sienten mullidos sobre la alfombra que lo va trayendo de vuelta. Es un día de ensayo a poco de estrenarse La Cabra, obra que lo tendrá como protagonista y director. Este nuevo rol devuelve a uno de los grandes actores argentinos (quizás el más complejo y versátil, junto con Darín)  a las tablas luego de un año vertiginoso en el que volvió a destacarse con su papel protagónico en la serie de TV El Puntero. Ahora, Chávez asume con naturalidad el doble desafío de encarnar un nuevo personaje y dirigirse a sí mismo –algo que no había ocurrido en toda su carrera- y sin más cábala que la de “entrenar y entrenar” se lanza una vez más a bucear en la profundas capas del ser, en sus grandezas y miserias.

 

  “A esta altura del partido, creo que todo es un desafío”, suspira y piensa un segundo para retomar.  “Cuando hacés una obra tuya el desafío es interpretar tu propio material, cuando hacés la obra de un otro es interpretar la obra de un otro, cuando te dirigís a vos que te dirigís a vos, y cuando no te dirigís a vos, que dirigís a otros”, enumera. “Dentro de las circunstancias imperantes en el espectáculo que estés haciendo, de por sí el desafío es: ¿vas a poder con estas circunstancias articular tu mirada, tu punto de vista? Lo importante para mí es no olvidarme y comprender que siempre he elegido un espacio en el cual responder al desafío, y el espacio que he elegido es el espacio de la expresión, el desafío de intentar interpretar y tener una mirada acerca del material del cual me hago responsable.”

— ¿Cómo trabajás la construcción de tus personajes? 

— No tengo una metodología estricta. En el transcurso de estos treinta y pico de años de oficio que voy llevando puedo decir que mi cocina se fue armando. Yo me mudé a los 17 años y creo que tenía una pava y un mate y hoy ya no tengo una pava y un mate, tengo muchos otros elementos en mi cocina. Lo relaciono un poco así con mi oficio. En la medida en que va pasando el tiempo, lejos de tener metodologías estrictas, me ocupo de tener herramientas diversas, y cada espectáculo, cada rol que voy interpretando despierta una estrategia acerca de cuáles son los elementos a ir utilizando en la construcción de esa comida, y también la libertad de ir cambiándolos en la medida en que la comida se va haciendo. 

 La de la “cocina” es la primera de las muchas, muchísimas metáforas que Chavez utilizará a lo largo de la entrevista, que funcionan tanto para graficar una idea, un estado de ánimo, o para dar color a su relato.  Su voz grave, pausada, resuena en el teatro vacío cargada de intensidades: a veces es seductora, a veces es inquietante, levemente estremecedora. “Pensás que vas a usar determinado elemento y en la mitad del viaje te das cuenta de que tenés que usar algún otro, y tener la libertad de saber que cada proyecto”, continúa el actor de filmes multipremiados como Un Oso Rojo (de Adrián Caetano) y El custodio (de Rodrigo Moreno), reflexionando sobre los secretos de su proceso creativo. 

 “Cada rol, cada proceso, es una invitación a probar lo que uno tiene, lo que tiene que conseguir  y lo que va a mezclar. De manera que yo leo el material y voy percibiendo estrategias de trabajo. Y siempre esas estrategias tienen modificaciones, tienen un margen de corrección. Sorpresas”. 

 Y vuelve a la metáfora de la cocina: “Aquella parte de la comida que te parecía que iba a ser sencilla, de golpe se vuelve compleja y aquella parte que suponías que iba a ser muy difícil, pues se resuelve con una cocción. En ese sentido yo intento tener cada vez más disponibilidades para tener cada vez más libertad de poder hace un viaje que me sorprenda. De todas maneras, no creo en la libertad autónoma; intento ser lo más autónomo posible sujeto al material. Hay una partitura que interpretar”. 

El arte cotidiano

 

 Amante del oficio al que se dedica profundamente, Chávez ha ido transitando con total libertad los distintos escenarios del cine, la televisión y el teatro con creaciones memorables. Son diversos y versátiles los personajes destacados en tan larga trayectoria, de la que ha cosechado un importante prestigio en cada ámbito. Y aunque parecen tan disímiles –el frenetismo de la televisión, la construcción reflexiva del teatro– el actor  no establece diferencias: “Son diferentes circunstancias de trabajo que por supuesto hacen que estés preparado para sorprenderte o ser sorprendido por un bum que no te esperabas y que está a 20 centímetros de tu cara aunque la cámara no lo tome, pero empezás a convivir con eso, forma parte de la circunstancia en la cual construís lo que tenés que construir. Personalmente, todo es una cuestión de costumbre. El primer día que llegué a esta sala me sentía muy ajeno, hoy me podría quedar a dormir acá. Entonces hay algo que se llama costumbre, hábito, y el músculo, como todo, al principio se siente cohibido y al tiempo empieza a sentirse más cómodo. Donde elijo trabajar confío que voy a  encontrar una manera de ponerme cómodo”.

 

  Esta visión poco solemne también la aplica al debate entre las distintas formas de entender el teatro: “Para mí no existe eso del teatro comercial o del otro. Podemos decir que para pintar no es lo mismo tener 20 telas blancas que tener un cartón. Y no, no es lo mismo, pero finalmente la mirada plástica, la actividad plástica, la expresión, puede surgir tanto en un espacio como en otro. No por tener 20 telas increíbles vas a pintar mejor, y no por tener elementos pobres Dios te va a iluminar con la  inspiración. Eso no existe en el arte”. 

 

 No es casual el ejemplo. Además de actor, autor y director, Chávez se dedica –y con la misma tenacidad que el resto de sus labores– a las artes plásticas, espacio para el que deja su nombre artístico y vuelve a ser Julio Hirsch, su verdadero nombre, del que se desprendió a los 17 años, casi como un acto de iniciación. “En el arte existe que el ser humano intente tener los elementos que necesita para expresarse, y después están las cuestiones que tienen que ver con el azar: casualmente pasó tal cosa. Creo en el oficio y en el entendimiento y en ese sentido intento ser lo menos reaccionario o fascista posible: en cualquier espacio se puede producir un hecho vivo”.

 

—  Nombrabas al mundo como un gran escenario. Y al teatro como un hecho natural… 

 

— No hay otra opción. Uno hace teatro porque vive en el interior de un teatro. El otro día iba en un taxi. Estaba mirando a un tipo que iba en una moto y yo pensaba en toda la escena que había en esa moto. Porque la verdad es que ese es un medio de transporte. Simplemente. Pero no: tiene formas, colores, metalizados, tiene un casco protector con una  forma determinada, él mismo se sube en la moto creyendo que es no sé qué, en última instancia, es un animalito que se está transportando. Pero ese animalito está trasportando también toda una sucesión enorme de imágenes, de lenguajes, de cosas que comunica, de impresiones que cada ser humano se llevará cuando lo ve. Es inevitable, somos animales de escenas, de teatro, en el sentido de que representamos escenas, vemos escenas y nos comunicamos a través de escenas. Nos despertamos y el mundo es como un telón que se abre y empezamos a recibir escenas. Tenés una cuando te despertás, te ocupás de hacer otra cuando salís de tu casa, te arreglás en función de comunicar tal cosa, te vestís en función de comunicar tal otra. Entonces dedicarse al teatro es lo más lógico del mundo. No hay elemento más teatral que la vida misma. Pero no porque yo así lo veo, sino porque es una actividad que todos los humanos tenemos conciente o inconscientemente. 

 

—  ¿Hubo un momento consciente en que dijiste voy a dedicarme a esto? 

 

— Sí, hubo. Pero hay momentos constantes en los cuales revalido mi deseo de ser actor. Por ejemplo: estoy dando una clase y estamos descubriendo algo de una escena y vuelve a surgir algo en mí de: “qué lindo oficio”. Y vuelvo a sentir que vuelvo a  elegirlo. Es un atributo y una gracia con la cual uno cuenta: advertir y revalidar su actividad.

 

—  ¿Van dejando rastros los distintos personajes encarnados?

 

—  Todas las experiencias me han dejado algo y aprendo algo. Pero no tengo nostalgia. Tengo obligaciones futuras. Tengo apego pero más a la labor actual que a lo hecho, a lo que hago y a lo que desearía hacer, más que a lo que hice.

 

— ¿Qué se juega a la hora de elegir un papel?

 

— Varios factores: qué es lo que hay que hacer, cuándo hay que hacerlo, en qué condiciones se hace y quién lo va a dirigir. Eso es en principio lo más importante para mí. Y los compañeros. Pero por sobre todas esas cosas, el libro, la historia que va a ser contada al fin y al cabo. Aunque me llame Woody Allen, con todo respeto yo le digo “quiero ver el libro”. Es el punto de encuentro que puede haber entre todos, me resulta muy importante la pregunta: ¿qué hay que contar?

 

El teatro en la Argentina

 

 La escena teatral argentina suele ser considerada como una de las más variadas e interesantes de todo el mundo. Para Chávez, la riqueza del teatro nacional se evidencia tanto en las luces de la calle Corrientes como en cualquier sala del interior del país.  “Yo no mido el trabajo así: del interior, del no interior. Para mí esas son circunstancias. Puede ser que haya un artista delicioso en San Juan que en su espacio encontró un lugar de pensamiento y en un punto enfrenta el famoso 'hacé algo con eso'. Como si eso ya no fuese algo. Y ese 'algo' significa llevalo a la Capital.  Esa persona sale de su espacio, va a la Capital y a los dos años lo ves desesperanzado.  Hay seres humanos que necesitan enormemente expandirse. Hay seres humanos que no les hace bien en ese momento o de esa manera. Para mí no se puede hablar de arte en las provincias o arte en la Capital. Para mí el problema del arte es el problema del arte. Hay gente que dice: 'En este pueblo no tenemos nada'. Qué sé yo. Tadeusz, un gran director de teatro polaco que ya falleció, construyó su teatro en un sótano antibombas, ¿y tuvo más posibilidades que un chico de Chaco? No lo sé. Lo verdadero o no verdadero, lo vivo o no vivo, no se divide por Capital o provincias”. 

 

 La docencia es otra de las áreas a las que el actor se dedica desde los 24 años. Actualmente dirige su propio Instituto de Entrenamiento Actoral. “Mi taller es muy pequeño”, dice como si necesitara explicarse ante la consabida crítica sobre lo difícil que es entrar allí. “No me he expandido como la demanda me lo pide. De manera que tengo grupos muy limitados de gente. Algunos hace mucho que quieren entrar y creen que mi taller es elitista. Pero mi taller no es elitista, sino limitado. Es como tener una confitería con 25 asientos y te dicen ¡qué elitista! No, son los asientos que tengo.  No quiero tener sucursales, me gusta ver lo que hago, tengo dos entrenadores que colaboran y me gusta ver lo que hacen. Ser como los almaceneros de antes: estar en la caja y ver todo lo que pasa. Y después entreno”, es sabido en el ámbito la dedicación plena y las horas de ensayo de este “militante de la responsabilidad” como se autodenominó en una ocasión. Llegando a asistir dos horas antes de cada función para ensayar. Así también lo encontramos previo a la entrevista, sobre el escenario y en pleno ejercicio. “A mí no me gusta decir que formo, así como tampoco ya me gusta decir quién me formó”, dice volviendo al ámbito de la docencia. “El que se forma es uno mismo y tiene grandes colaboradores. Yo tengo la dicha de tener grandes colaboradores en mi formación pero el que se forma soy yo. Yo me considero un ayudante para otros que se quieren formar.” 

 

 La puntualidad es otro de sus rasgos y el minutero vence su tiempo. Es hora de seguir ensayando.

 

Foto: Vera Rosmeberg.

 

Escrito por Violeta Moraga.



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