Pocas experiencias son tan impactantes como dar un paseo por los morros, en Río de Janeiro, con sus pueblos de chapa y cemento que crecen y mantienen un equilibrio al margen de la sociedad
La "Cidade Maravilhosa" conquista al turista por su aroma colonial, cafetero, carnavalesco, burlesco, por sus bacanales tropicales entre colinas boscosas, orillas arenosas y hoteles de lujo. Sin embargo, en los barrios pobres de una de las ciudades más pobladas de América Latina más de 2,5 millones de almas.
Junto a la playa, el barrio más rico de Río, Gavia. Una calle más arriba, hacia la colina de barro, uno de los barrios más pobres, Rocinha, la favela más grande de Latinoamérica. Más de 200.000 cariocas se cuelgan de su morro en una amalgama de casas construidas sin control, sin infraestructura.
Hacia la colina de barro, uno de los barrios más pobres, Rocinha, la favela más grande de toda Latinoamérica. Pero la mayoría de los habitantes son trabajadores pobres que no pueden pagar los precios de los departamentos de otros barrios, y que quieren construir un hogar con sus manos. Una vez en pie, las casas se dan de alta en el Gobierno de la Municipalidad. El agua, la luz y los servicios mínimos los consiguen como pueden. Rocinha tiene incluso un canal de televisión y otro de radio y un servicio de Internet más rápido que en el resto de Río. Dicen algunos incluso que los informáticos de la favela son capaces de enloquecer los GPS de los vehículos para que lleguen a sus dominios en vez de hasta el hotel en Ipanema.
Sucias y tétricas por fuera, bellas y cómodas por dentro. Así son las casas de Rocinha y así es la vida de sus habitantes. «En el resto de la ciudad nos discriminan, es fantástico que vengan los turistas a ver que no somos todos criminales», aseguran los moradores. «En vez de vender droga me dedico a vender mi arte a los extranjeros», reconoce un joven de 18 años que pinta cuadros dadaístas. «Nada más empezar a vender droga podría sacarme tres veces el sueldo mínimo (380 reales, menos de 200 euros), pero prefiero crear arte», concluye. Sin embargo, muchos de sus amigos venden sus productos a la gente bien de Gavia, o a los turistas.
Las normas de convivencia en Rocinha son muy estrictas y lógicas. La policía no debe aparecer, así que no está permitido robar. El turista puede dejar sus bolsos, mostrar sus cámaras o sacar el monedero y nadie le va a quitar nada. Se recomienda no hacer fotos cuando el guía diga que no hay que hacerlo, no preguntar nada raro, no mirar a las mujeres descaradamente y no aventurarse a la ligera fuera del grupo. Rocinha es famosa por servir de lugar de grabación de diversas películas y por ser un centro activo de formación de futbolistas y de danzantes de carnaval.
La mayoría de los habitantes son trabajadores pobres que no pueden pagar los departamentos de otros barrios. Para el que no le gusta tanto bullicio, existen favelas menos cosmopolitas, pequeños pueblecitos de hojalata y barro como Vila Canoas. Unas 2.000 almas viven allí, un peculiar entramado de calles, cables de luz y escaleras. Sus habitantes están encantados de conocer gente nueva. Las puertas están abiertas y en las tabernas se debe degustar la sabrosa comida brasileña, con influencias africanas, indígenas y portuguesas. Las feijoadas (guiso típico con hortalizas, carne y alubias negras), los salgadinhos (entrantes variados) y las frutas se confunden entre el café y la caipirinha.
El que quiera puede visitar la escuela de la comunidad Para ti, un proyecto social financiado por una de las empresas que organizan los paseos turísticos y que permite que más de 30 niños de las favelas hayan ido ya a la Universidad. Visitar estos lugares en los que la mayoría de la gente trabajadora está gobernada por una minoría traficante, déspota y sectaria es una experiencia que muy pocos conocen y que merece la pena.
Fuente: elmundo.es
Fotos: google imagenes
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